domingo, 9 de enero de 2011

Fiesta del Bautismo del Señor - Amor a la Iglesia


Comparto esta publicación que expresa, en cada palabra, lo que vivo y quiero vivir con mi vocación consagrada y sacerdotal en la Iglesia.
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Aunque haya cosas que en la Iglesia no nos entusiasmen o no nos gusten, ella es el hogar en el que se nos ofrece calidez para vivir, y hacerlo con paz y gusto.

Pbro. Dr. José Manuel Fernández

La liturgia de la Iglesia, hoy nos hace dar un salto de treinta años. Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Esta celebración nos debería hacer pensar en la grandeza de ese primer sacramento que hemos recibido, en su gran mayoría, cuando éramos muy pequeños. Se dice que San Vicente Ferrer, el célebre santo español, cada vez que volvía a su pueblo natal luego de misionar en otras regiones, lo primero que hacía era dirigirse al templo en el que había recibido el Bautismo, besaba la pila bautismal en la que fue hecho hijo de Dios, y se arrodillaba a dar gracias por ese hecho trascendente en su vida. En esta ocasión quisiéramos reflexionar sobre un tema que resulta clave. El Bautismo nos incorporó a la Iglesia; por él somos cristianos y en ella nos alimentamos para proclamar lo que creemos. Frente a quienes hoy hacen manifestaciones de protesta porque quieren renunciar a su fe y piden ser borrados de los libros de bautismo de las parroquias, los creyentes no debemos dejarnos intimidar ni acomplejar. Así como nadie se realiza en su vida individualmente y sin los otros, lo mismo sucede en el plano de la fe. No decimos "creo'', sino "creemos'', ya que formamos parte de un Pueblo que es de Dios y que se llama Iglesia.


Debido al influjo de la nueva ideología del secularismo, decir hoy que se cree en la Iglesia o que se la ama de verdad, es algo que no está de moda. Lo habitual es hablar de ella con desprecio, demostrando así una jactanciosa autonomía y libertad que parecieran dar cierto status de privilegio sobre los creyentes. La verdad es que un cristianismo sin Iglesia sería cualquier cosa menos cristianismo. Por eso es que quisiera resumir aquí las razones por las cuales, quienes somos católicos, creemos y amamos a la Iglesia. La primera es que ella salió del costado de Cristo. Jesús hubiera podido predicar él solo su mensaje, pero quiso rodearse de apóstoles, y a ellos les encargó la tarea de continuar su obra. Por esa comunidad de creyentes, murió. ¿Cómo podríamos hoy amar a Cristo sin amar también las cosas por las que Él dio su vida? Lo cierto es que la Iglesia fue y sigue siendo la esposa de Jesús. ¿Podríamos amar al esposo, despreciándola a ella?


La segunda razón por la que amamos a la Iglesia es porque ella nos ha dado a Cristo y cuanto sabemos de Él. A través de una larga cadena de creyentes con sus aciertos y sus falencias, ha llegado a nosotros el recuerdo de Jesús y del Evangelio. Es cierto que los cristianos, a lo largo de los siglos, han ensuciado mucho ese mensaje de Jesús, pero también es verdad que todo lo que conocemos de Jesús se lo debemos a ella. La Iglesia no es Cristo, ya lo sabemos. Jesús es el fin y el absoluto. La Iglesia sólo es el medio. Incluso cuando en el Credo decimos: "Yo creo en la Iglesia'', lo que realmente queremos decir es que "creemos que Cristo sigue estando en ella''. Lo mismo que cuando afirmo que bebo un vaso de agua, lo que bebo es el agua, no el vaso. Pero ¿cómo bebería yo esa agua si no tuviera el vaso?


La tercera razón por la que creemos en la Iglesia, son sus santos. Sabemos que en la historia cristiana ha habido una inmensa mayoría de bautizados que no han estado a la altura de lo que este nombre implica, pero también es cierto que nunca ha faltado ese hilo de la santidad que llega hasta nosotros. Cuando subimos a un tren sabemos que la historia del ferrocarril está llena de accidentes. Pero no por eso voy a dejar de usarlo para desplazarme. Tenía razón Bernanos cuando escribía que "la Iglesia es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres desde la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que gracias a sus santos, la compañía no ha quebrado''.


La cuarta razón es porque en ella se acepta a gente imperfecta para ofrecerle allí los medios de santificación; gente pecadora para que recibiendo el perdón podamos perdonar; desgraciados para que bañados por la gracia divina podamos salvarnos y salvar a otros. Lo ideal sería que en vez de criticar a la Iglesia nos criticáramos un poco más nosotros, y analizando todos los bautizados nuestros defectos, tendiéramos a brindar una imagen más transparente de Jesús.


Pero la quinta y definitiva razón por la que creo y amo a la Iglesia, es porque sé que literalmente es mi madre: ella nos amamanta a diario, nos transmite la fe, nos engendra constantemente con el perdón de los pecados y nos alimenta con su Eucaristía. Por eso nos debiera gustar ser como San Atanasio que "se abrazaba muy fuerte a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo''. O poder decir como Orígenes, que "la Iglesia ha arrebatado mi corazón, porque ella es mi patria espiritual, ella es mi madre y mis hermanos''. Ojalá pudiéramos proclamar con sano orgullo, lo que al morir decía Santa Teresa de Jesús: "¡Al fin muero hija de la Iglesia!''.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Rafting del Polimodal de Don Bosco (Mendoza, Argentina).

Algo de los vivido con los muchachos, el miércoles 17 de noviembre, en la última Convivencia de este año.

domingo, 26 de septiembre de 2010

El pobre, camino al Cielo...

Homilía del XXVI Domingo del Tiempo Durante el Año del Ciclo "C"
El Domingo pasado, la Palabra del Señor, ponía a nuestra consideración la parábola del Administrador deshonesto que a través de mal manejo de los bienes de su señor, perdía el puesto de trabajo, pero su asusticia le hizo salvar el pellejo. De esta manera el Señor nos hacía ver la forma en la que nosotros estamos pensando ganarnos el Cielo, la salvación, compartiendo nuestros bienes o teniendo el corazón apegado a nuestros bienes.

Hoy, una vez más el Señor nos habla sobre el uso de los bienes, sobre la disposición de nuestra vida ante o material, ante el dinero. Y nos presente otra parábola, para revisar nuestras actitudes: la parábola llamada del pobre Lárazo y la de un rico, que comúnmete, la tradición, llamó "epulón", que quiere decir, "glotón", pues "...todos los días hacía espléndidos banquete...". Del pobre sabemos el nombre: Lázaro. Del rico sólo esa noticias, alguien sin nombre. Aquí mismo, hay una intensión de Jesús, y por tanto de Dios.

Tampoco la parábola aclara que Lázaro le haya perido ayuda al rico, o que el rico haya desconsiderado abiertamente al pobre. Por el contarrio, cada uno hacía su camino en la vida, quien en la riqueza, quien en el pobreza. En ese sentido no denota ninguna actitud de maldad en el rico. Cada uno en "su mundo": uno en sus comodidades, el otro e su pobreza, uno vestido de púrpura y lino finísimo y el otro destundo cubierto de llagas, uno con los amigos en la mesa, otro acompañado de un perro lamiéndole las llagas, uno sentado en la mesa y el otro tirado en el piso, uno dentro de la casa y el otro tirado fuera en la calle. Jesús opone, claramente dos mundos, que hoy siguen perviviendo, existiendo y estando, y, aunque nosotros no banqueteamos, pues no nos da el presupuesto, nos puede pasar lo mismo del rico, pues tenemos la conciencia totalmente adormecida ante la pobreza y los pobres.

Pasamos a lado de un pobre, y es como si pasásemos al lado de un árbol. Pasamos a lado de alguien tirado en la vereda o la calle, y es como si hubiese un perro hechado. Pasamos al lado de alguien que necesita y pide, y... nos hacemos los distraídos. Parecía el rico no ser malo, pero parecía "no ver al pobre", estaba distrído en su egoísmo, en su mesa, en sus cosas.

De la misma manera, hoy, Jesús nos cuestiona de qué manera estamos viendo o no viendo la necesidad de los demás. Si al momento del reclamo de los otros, preferimos nuestro egoísmo, cuidar y defender nuestras "cosas" sin compartirlas, aunque sean mínimas o escasas. Nos puede pasar lo del rico: vivir anesteciados en el mundo de nuestras cosas, sin darnos cuenta del que está cerca, en la puerta o en la calle. A unos pasos de su mesa, estaba este hombre tirado, y a unos pasos de nuestras vidas hay tanto pobres que nos reclaman.

Así viene la segunda parte de esta parábola, en donde todo se cambia, todo se da vuelta: el pobre goza junto a Abrahám, el rico sufre tormentos en las llamas del lugar de los muertos. El que banqueteaba, ahora tiene sed... , aquel que sufría, ahora descansa y goza. Los que cambió todo, fue la muerte. Uno fue al seno de Abrahám, el otro fue enterrado.

El cambio de la muerte lo trastoca todo. No sólo de estar en medio de las satisfacciones de mundo, pasar a la infelicidad, ni sólo del dolor y el sufrimiento, a la gloria, sino que hay cosas que no se pueden hacer más. Dice el rico: "...envíalo a Lázaro, que aunque sea moje la punta de su dedo agua, porque esta llamas me atormentan..." "...no se puede, entre ustedes y nosotros hay un inmenso abismo..." "Entonces, por favor, prevení a mis hermanos para que no vengan a parar aquí..." "...no se puede, tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen..." "Entonces que Lázaro resucite y los advierta..." "No se puede, si no escuchan a Moisés y los profetas, es inútil que un muerto resucite y les diga lo que tienen que hacer..." Parece que se trastoca también la acción de Dios y el rico, este parece que se vuelve bueno que quiere salvar a los suyos, y Dios, por voz de Abrahám, en malo que niega todo lo que se le pide. En realidad no es malo, es justo. Para la misericordia de Dios y la compasión de los hombres está la vida entera, después de la muerte, todo cambia, sólo queda la justicia divina. En realidad, el juez del rico, era el pobre que yacía a su puerta, ése, sentenció al rico. "Ya fue... tuviste bienes en vida, ahora sufres; Lázaro que tuvo males, ahora goza".
Hay, como se ve, un punto en la vida dónde ya no se puede más. Es inútil, arrepentirse después de la muerte de lo que no ha hecho en vida. Muchas veces, llorar a los muertos es inútil, hay que amar a los vivos. Cuando están a tu lado, porque tu conciencia te reprochará después, no haber abrazado, no haber atendido, no haber ayudado... pero, ... no lo hiciste en vida, ya es tarde, ya "no se puede". Al que abandonaste, será tu juez.
Lo que crea el abismo, es lo que hiciste o no hiciste en vida. Si no atendiste, comenzaste a crear un abismo de separación. Aislás el corazón, te estás creando un abismo. Cerrás tu corazón, estás cerrando las puertas de tu Cielo. Atendés y servís, te abris las puertas de la morada eterna.
Concluyendo: las cosas en vida, después de la muerte, ya no se puede nada. El Señor nos invita a estar atentos, porque a lado de ustedes, creca de ustedes, puede estar su juez, con la camiseta y el ropaje que tomó Él. No hay otro camino para ir al Cielo, que el mismo camino que tomó el que estaba en el Cielo: hacerse hombre. No hay otro motivo para llegar al Cielo, que el motivo que tuvo el que estaba en el Cielo y quiso venir a la tierra para acercarse al obre hombre pecador que necesitaba salvación. Ni hay otra manera para llegar al Cielo, que la manera con la que obró el que siendo Dios se hizo hombre, estar a lado del leproso, del pobre, de la pecadora, del solitario, del marginado. Por tanto, si queremos llegar a esa Morada, tenemos que seguir ese camino, tener este motivo, y proceder de esa manera. La misma de Jesús, estar con el humano pobre y pecador. Es el Camino que hizo, la Verdad y la Vida, para dar vida, para vivir en verdad.
Leí que Berta von Suttner, la primera mujer que ganó el Premio Nobel de la Paz, en 1905, dijo: "...ayudar es la palabra más hermosa de todas. Más hermosa aún que amar, ya que la ayuda es la concreción del amor''.

Que nuestro amor se haga acción, como el amor de Dios se hizo hoy acción, que nos alimentó en nuestra pobreza y hambre de sentido en la vida, con su Palabra; en nuestra debilidad y pecado con su Cuerpo y Sangre; en la necesidad de la fraternidad, cuando nos demos la paz Amén.

viernes, 27 de agosto de 2010

Papa felicita a las Misioneras de la Caridad en el centenario del nacimi...

Memoria por el centenario del nacimiento de Madre Teresa de Calcuta

jueves, 26 de agosto de 2010

Lanata en Palabras + Palabras -

Una opinión a la que le prestaría atención...

lunes, 23 de agosto de 2010

Mi homilía de XXI Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C.

Una vez más, y por pedido, comparto mi homilía dominical.
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Domingo 22 de agosto de 2010.

Templo San Juan Bosco en la Misa de 12:00 (duración: 11:41)

Hoy en día, la pregunta por la salvación suele volverse intrascendente, porque estamos tan apegados al hoy, al aquí y a las cosas, que nos cuesta enormemente, mareados a veces por la inestabilidad de este mundo nuestro, como nos decía la colecta de la Misa de hoy, proyectar a futuro, y mirar un poco más allá del día a día.

Hoy, del mismo modo, son pocos los que se preguntan ¿qué va a ser de mi alma después de la muerte? Por eso de todos los días, nos olvidamos de esta pregunta trascendente, atrapados por los que pensamos, por lo que sentimos, por los que necesitamos, si comer, si vestir, si descansar en la próximas vacaciones, y así tan encerrados en este mundo, nos cuesta pensar en el otro. Ahora, es necesario pensar en el otro también, porque éste mundo, se va a acabar. Algún día, no tendremos nada de lo que tenemos, ¿y qué va a ser de nosotros? Gritaremos: ¿Y ahora, quién podrás salvarnos?, esperando que aparezca el Chapulín Colorado. Lamento decirles que no, él no vendrá a salvarnos.

Preguntarse por ese futuro, es preguntarse por la salvación, que es la pregunta que le hacen al Señor, como lo escuchamos en el Evangelio de hoy. “¿Es verdad que son pocos los que se salvan?” (Lc 13, 23). Al parecer, esta pregunta circulaba en los ambientes judíos de la época de Jesús y de los evangelistas. Así, en el "Cuarto libro de Esdras", que es una obra judía, no bíblica, de género apocalíptico, que más difusión alcanzó y la más usada por los primitivos cristianos, se lee: "Veo que en la nueva época mesiánica a pocos les llegará la alegría, y a muchos los tormentos". El que preguntaba, parece estar inquieto si él se encontraba entre esos pocos, o esos muchos. Jesús lo saca de las cantidades y lo invita a mirar otra realidad, no la cantidad, sino el modo de tomar el camino para llegar a la salvación: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha…” (Lc 13, 24).

Hablar de que una puerta es estrecha, angosta, nos habla ya de cierta forma de incomodidad. Quizá hemos entrado en la casa de un pobre y con dificultad agachándonos o poniéndonos de costado, hemos entrado de a uno, no de a dos o tres. Tal vez alguien fue a la Casa de Gobierno, a la Legislatura o a la casa de algún rico con puertas bien grande y ahí sí se entra de a tres, cuatro, diez, veinte… Mas Jesús nos dice… no, no vayan por las puertas anchas, vayan por la puerta angosta. Vayan por eso que representa, en la vida, el sacrificio, la renuncia, la fidelidad, la entrega, la constancia… No vayan por lo más fácil, entre por donde cuesta…

Ese es, en cierta forma, el camino del cristiano. No torturarse innecesariamente para llegar a la vida eterna, porque ya el día a día, tiene, en muchas cosas, su cuota de dificultades, más grande o más pequeña, sin necesidad de buscarse aflicciones ficticias. Estás llamado a ser muy fiel a eso que Dios te envía en lo de todo los días. Aquel que vive en la rutina del día a día, desgasta es sentido de lo futuro que necesita por el peso de sus días, la evasión. Cuánto hay, que se evaden de las responsabilidades por el alcohol, la droga, la liberación sexual o el desatino en sus acciones, porque les cuesta llevar el día a día, les atormenta ir por la puerta estrecha. Por el contrario, cuántos hay que en el día a día, aceptan con fidelidad la constancia de lo que viven en su matrimonio, amistades, estudio, trabajo, en su vocación religiosa o sacerdotal, y pasan por la puerta estrecha pero con un inmenso corazón fiel haciendo no la rutina del cotidiano, sino la fidelidad plena, porque está llena de amor y el amor hace nuevas todas las cosas. “Miren yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21,5), nos va a decir, en boca de Jesús, el libro del Apocalipsis. Al que vive en Jesús, no lo agobia la rutina; al que está con Jesús, escucha la voz de Dios en lo sencillo de todos los días, y eso lo llena de alegría y paz; por el contrario, el que no está con Dios, le pesa aún lo mínimo de todos los días. Pero, entrá con esfuerzo por la puerta estrecha, que es el camino de la salvación. Te cuesta lo bueno, ¡bendito sea Dios!, pero llenalo de amor.

“Dios quiere que todos los hombres se salven…”, va a decir Pablo en la I Timoteo (I Tim 2,4), mas dentro de este “querer” de Dios, está el respeto absoluto por el “querer” del hombre. Nos ha hecho libres, y nos ha invitado a que, si te querés salvar, esforzáte, ve por la puerta estrecha.

¿Saben quiénes pasan cómodamente por la puerta estrecha?, los niños. Ellos pueden entrar por cualquier hueco, porque son pequeños. Por algo Jesús dijo: “…el Reino de los cielos es de los que se hacen como niños…” (Mt 18, 1-5), los humildes, los sencillos. Ayer me tocó palpar esta pequeñez, porque confesando a niños que realizarán próximamente su Primera Comunión, y me decía después de cada confesión: "¡Bendito Dios, guardá en la inocencia a estos niños!", porque notaba el tremendo dolor y el sincero arrepentimiento de estos niños y niñas, de las mínimas e ínfimas faltas que, para ellos, resultaban inmensa y desastrosas para sus almas; en cambio, cómo duele cuando para otros, ya adultos, grandes y “superados”, hacen cosas inmensamente dañinas y claramente malas para ellos y otros, y las consideran “nada”. No vayamos por la puerta ancha, andá por la puerta estrecha, la de los pequeños y sencillos, con fidelidad cotidiana y plena de amor, de lo que cuesta, pero te salva llenándote de la vida.

¿Saben dónde hay una puerta pequeña y estrecha para entrar?, en la Basílica de la Natividad, en Belén. La puerta pequeña y estrecha te ayuda a inclinarte, con humildad, para poder entrar, contemplar, comprender y venerar el misterio del inmenso Dios que eligió la pequeñez de la humanidad de un niño para comenzar a caminar entre nosotros y hacernos el anuncio de la salvación. Si no tenés esa actitud, no comprendés a Dios y su estilo, y no podés heredar el Reino de los Cielos. Por el contrario, en los palacios reales, estaban las puertas más grandes, para que el señor de ese reino, ingresara a caballo, esbelto y soberbio, incluso hasta su recámara para mostrar así, quién era el señor, quién mandaba, quién tenía el poder… sólo para este mundo. ¿Cuántos que se creyeron grandes, y se perdieron? ¿Cuántos que se hicieron humildes y pequeños, y se salvaron? Fijate, lo que te conviene, si te interesa la salvación.

Lo que nos conviene sí es rezar, y lo podemos hacer hoy, con aquel sencillo y pequeño poema de Miguel de Unamuno que dice:

Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños.
yo he crecido, a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad,
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.

Que María, la Reina del Cielo, con su caricia maternal nos recuerdo todos los días que somos sus pequeños hijos, para que, con su auxilio y de su mano, podamos entrar al Reino por la puerta estrecha. Amén.